El viejo profe

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Hace muchos años tuve un profesor de psicología que en si mismo era una lección andante.

Todo en su persona te hacía parar a observarlo detenidamente.

Su forma de vestir había dejado de estar de moda en el primer cuarto del pasado S XX, probablemente mucho antes de que él mismo empezara a utilizarla. Su gusto por los colores marrones y oscuros (a los que nuestras compañeras más cool (o idiotas) denominaban paleta arena y tierra) sólo conseguía acentuar su aspecto desaliñadamente cuidado.

Su pelo, ni demasiado largo por delante ni demasiado corto por detrás parecía querer emular los antiguos daguerrotipos de malhechores capturados. Su barba larga y abundante aunque descuidadamente alborotada traía a nuestras retinas los viejos grabados del maestro Freud.

Sus zapatos siempre eran caros, pero tan gastados por el uso intensivo que podrían haber sido dos barcazas arrojadas a la playa por el oleaje después de una dura tormenta.

Con todo y con eso, lo más chocante del viejo profe (apodo puesto por el gracioso, e irritante, del curso que fuera de toda lógica ganó aceptación y consenso) no era su aspecto exterior. Era su mundo interior.

No era raro verle pasear ensimismado recorriendo un mismo pasillo una y otra vez hasta que algo aparentemente sin importancia, una risa, un timbre, una alumna con una falda excesivamente corta, le extraía de repente de sus pensamientos. Cuando esto pasaba, su reacción siempre era la misma; se paraba en seco y con los ojos aún perdidos entre la realidad y su yo interior, aspiraba una profunda bocanada de aire con ansia, como si durante su periodo de paseo-concentración se hubiera olvidado hasta de respirar. Luego miraba a su alrededor para comprobar donde estaba, daba un rápido vistazo a su reloj y se encaminaba con paso decidido generalmente a su despacho.

No obstante, donde se ganaba el respeto y admiración de buena parte de sus alumnos no era en el pasillo, sino en sus clases.

Entraba de manera subrepticia, sin hacerse notar. Dejaba un viejo maletín tipo Oxford encima de la mesa y se quedaba mirándolo durante un par de minutos. Acto seguido murmuraba un buenas tardes en un tono inaudible y se dirigía a la pizarra donde con letra esmerada escribía el título del tema a tratar. Luego se despegaba de la pizarra unos metros, contemplaba lo que había escrito y, todavía de espaldas a nosotros empezaba a hablar. Su tono iba subiendo gradualmente en volumen y aceleración, como un buen motor calentándose.

Poco a poco el sonido modulado e hipnótico de sus palabras hacía mella en los últimos focos de resistencia a empezar la clase y todo quedaba en un silencio sólo roto por su habla, ahora ya, perfectamente audible en todo el aula.

Sería difícil desentrañar si lo mejor de sus clases era lo que decía o como lo decía. De hecho a lo largo de los años, en esos momentos en los que uno se entrega al agridulce deporte de la nostalgia, me he sorprendido en más de una ocasión volviendo a ese aula maltrecha y fría con el viejo profe intentando volver a sentir por unos instantes el fuego de sus palabras.

Lamentablemente, aunque recuerdo todas estas cosas perfectamente, y puedo casi sentir cosas como la dureza de los asientos, el tacto del papel o el olor de la tiza, la magia de sus charlas no es fácilmente reproducible.

Se que con la edad las imágenes se distorsionan, los recuerdos se falsean y las experiencias se elevan de categoría. Se todo eso, pero aún así me empeño futilmente en reproducir en mi interior una chispa de esa magia.

¿Por qué?

Porque a veces una chispa es todo lo que nos separa de una realidad u otra.

Sin duda es mejor soñar con un preceptor que hubiera sabido insuflar pasión que reconocer la triste mediocridad real. 

Tal vez el viejo profe exista realmente en algún sitio, paseando ensimismado a la espera de algo que reclame su atención y lo despierte de su mundo.

Eso es lo que elijo creer.

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